Estilo marinero

Los que me conocéis sabéis que no soy una persona de playa, ni de mar. O sí, pero lo justo para pasar unos días en verano en la costa y poca cosa más. La arena me molesta bastante, me agobian las multitudes que se concentran en la orilla y el mar me da entre miedo y me pone mala. La última vez que me subí a un barquito me mareé tanto que tuve que estar toda la tarde en tierra firme reponiendo fuerzas. Pero lo que sí me gusta, y mucho, es la Costa Brava y sus pueblitos. Calella de Palafrugell, Begur o Cadaqués me tienen el corazón robado y sueño con tener algún día una casita allí y poder pasear las noches de verano.

Y pensando en ello, es cuando me viene a la mente la típica estampa familiar con un look marinero. Ropa azul marino y blanca, menorquinas para todos y estrellas de mar y caracolas repicando en la puerta de entrada de una casa. Todo muy de pueblo pesquero y muy idílico, vaya.

¿Y todo esto a qué viene? Pues el otro día el padrino de la hermana pequeña y los abuelos les regalaron unos conjuntos de algodón la mar de bonitos t cómodos de la marca Batela, comprados en una tiendita preciosa de Calella, y a mí no me faltó tiempo para querer ir a pasar allí las vacaciones y buscar looks para la ocasión.

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Cosas de niñas: la cantidad de ropa

Ayer, en un episodio más de preparar el nido (que en un segundo hijo debería llamarse rehacer el nido) para el nacimiento de À, me lié la manta a la cabeza y me dediqué a poner orden a la ropa de las niñas.

Cuando tienes a tu primera hija, toda ropa te parece poca para ella. Vas a Zara y te dejas un dineral en comprar todas las camisetas de la sección de baby, que luego acompañarás con toda la colección de jeans y chaquetitas. Todo para que tu hija vaya a la última y sea la más guapa del pueblo. Eso el primer año. Luego, en nuestro caso, la niña empieza a ir a la guardería y pasas a comparle chándals (monérrimos, eso sí) para llevar entre semana, que al colegio se va cómoda. Bien, la niña va creciendo y tú tienes que jugar al tetris en su armario hasta que decides hacer limpieza de sus conjuntos. La cosa no está nada complicada cuando tienes una primamiga con otra niña un poco más pequeña. Le pasas a ella la ropa más nuevecita, te quedas los cuatro conjuntos que te hacen más gracia y el resto (siempre que esté en buen estado) lo llevas al contenedor naranja para que alguien lo pueda aprovechar. Leído así, parece fácil.

El ‘problema’ está cuando tu primamiga se presenta un día en tu casa con cuatro bolsas enormes con toda la ropa que tú un día le diste y que ella casi no ha usado para la suya porque no hay días en el año para ponerle su ropa más la que heredó de B. Es entonces cuando (quieres matarla) decides guardar las bolsas ‘por si’ algún día vuelves a ser mamá de una niña. Y ese día llega, te quedas embarazada y con los meses te confirman que llevas a otra bebita. Sonríes por muchos motivos pero uno de ellos es ese… ‘cuánto me voy a ahorrar en ropa’.

Hasta que llega el día de ayer, te plantas delante del armario de B, de las cuatro bolsas que tienes encima de él y empiezas a escoger, con ilusión, qué podrá aprovechar la pobre À. Y te percatas, con cierta pena, que no puedes aprovechar casi nada porque una nació en invierno y la otra lo hará en primavera. Así que te ves, de nuevo, comprando toda la planta baja de la tienda para la hermana pequeña y te recuerdas que no es necesario tal volumen de ropa para que sobreviva. No, no lo es. Prometo no volver a caer en la trampa. Palabra.